El silencio del barro desfila su astucia sobre el estupor de las sombras en el momento en que una quietud espantada viene a menos.
El silencio del silencio guarda el espasmo de la devoción sin espacio por el pecho del aire y los cimientos del verde final fijo de estocadas.
Mi sangre exclamativa configurada desde el hondón cansino ya no va a nadie, maltrecha y desbandada como tropel de estío donde a duras penas algo perfila el nuevo alud sobre el tragante.
Si en este irme un volador de nieves cubriera la canción del cielo, mi brazo respiraría la interrogación de la noche en su mirada
