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El Consejo de Ancianos.over-blog.es

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Un espacio donde encontrarás poesía, imágenes, comentarios y algo más.


La casa de al lado.

Publicado por Navaromix activado 9 Diciembre 2015, 10:25am

Etiquetas: #cuentos

Me mudé al barrio 21 porque había pasado algunas veces por allí cuando era niño y me había deslumbrado. Sus calles tranquilas, los árboles de la vereda, tan tupidos como pocos, los vecinos sentados en reposeras en las puertas de sus casas, el poco ruido.


Me había enamorado de ese barrio; soñaba de niño con vivir allí algún día. Juré que me mudaría, para
disfrutar la paz de ese lugar.


Y al fin lo hice. Después de terminar de estudiar el Profesorado de Letras en la Universidad logré reunir el dinero y comprar una casa en ese hermoso espacio.


Me crié en un barrio repleto de ruidos, donde los autos y camiones pasaban sin descanso, y donde las peleas callejeras eran moneda corriente. Aun no me acostumbraba, en mi casa nueva, a que a la hora de dormir no se percibieran el disturbio y el alboroto al que estuve sometido durante tantos años.


Para ser franco, nunca me caractericé por mi vida social, de manera que me costó conocer a mis vecinos. En realidad, me llevó algunos meses conocer sólo a algunos de ellos. Don Pedro, que vive al frente; hombre ya entrado en años, sin esposa nihijos. Al lado de mi casa, la familia Care: un matrimonio con tres hijos, de 15, 12 y 7 años. Fuera de esas personas, prácticamente no me relacionaba con nadie.

El barrio seguía siendo tal cual yo lo recordaba de niño: tranquilo, seguro, pacífico. Sus árboles
conservaban ese toque que roza lo celestial, un toque mágico, típico de los árboles de los cuentos. Eran tupidos sobremanera y de un verde colorido, concentrado, precioso.


Pero lo que me traía extrañado, de alguna manera preocupado, si se quiere, era la casa de al lado. Era una construcción mas bien vieja, venida a menos y con la pintura gastada. No llamaba la atención para nada, salvo por lo lúgubre de su aspecto.


Cuando yo me trasladé al barrio, la vi y pensé que estaría abandonada. Jamás entraba o salía nadie de ella. A decir verdad, nunca pregunté a nadie si estaba ocupada o deshabitada; comprendí que sería una actitud muy entrometida y, aunque el asunto me llamaba la atención, no se justificaba estar haciendo averiguaciones por ahí.


Generalmente andaba yo mucho por la calle, ya que los horarios de las clases que daba iban variando semana a semana. De todos modos, a la hora que pasase, el aspecto de aquella casa era el de una construcción abandonada, y bastante tétrica.


Sinceramente no sé qué es lo que me llamaba la atención de ella; siempre intenté hallar el motivo de aquella extraña curiosidad que sentía por el inmueble.


Mi curiosidad se mezcló con una viva incertidumbre el día que, retornando a mi hogar de una clase nocturna, y siendo más de las doce de la noche, vi a un hombrecillo abriendo la reja que conducía al jardín por el que, mediante una puerta, se ingresaba a la casa. No supe si saludarlo o no, pero él dirigió hacia mí una mirada inquisitiva, y traspasó rápidamente la reja.

Transcurrieron algunos segundos hasta que ingresé a mi casa; permanecí inmóvil en la entrada por espacio de algunos minutos, pensando, totalmente asombrado.


¿Cómo era posible que viviese alguien en esa casa y yo, que residía allí desde hacía varios meses, no lo hubiese visto?


Era un detalle no menor, y se me había escapado.


Pero volvía a pensar en lo de antes, ¿qué me importaba a mí esa casa? Interpreté que sería muy fisgón de mi parte intentar averiguar algo acerca de la casa y su extraño inquilino. “No es de mi incumbencia”, insistía frecuentemente.


Durante un tiempo prolongado di clases por la noche y todos los jueves, al retornar a mi casa, veía al misterioso hombrecito ingresar a la casa de al lado.


Haciendo memoria, me di cuenta que la primera vez que lo había visto también fue un jueves.
La segunda vez lo vi, prácticamente a la misma hora que la primera, y volví a intuir en su mirada una especie de desprecio hacia mí. Interpreté que no le agradaba que alguien lo estuviera observando mientras ingresaba. Con una mano abría la puerta y en la otra (esto es lo que me alertó) llevaba una bolsa de consorcio bien grande de la que goteaba un líquido. No pude distinguir su color debido a la negrura de la noche, pero quedaba bien claro que de la bolsa chorreaba algo.

Así se sucedieron dos o tres jueves más: yo espiaba al hombre desde mi techo, vigilándolo el tiempo transcurrido entre que llegaba por la vereda hasta que ingresaba a la casa. Pude notar que, como las otras veces, portaba una bolsa chorreante.


Me inquietaba aún más el hecho de que, luego de que el hombre traspasara la puerta de su casa, se oían algunos ruidos semejantes al golpe de un palo contra una mesa.


Sé que no es correcto inmiscuirse en los asuntos de otro, pero cuando algo huele mal hay que intervenir.


El misterioso comportamiento del inquilino, creo yo, no hubiera alertado mis sentidos, ya que también yo soy de costumbres extrañas y, sin ir más lejos, volvía a media noche a mi casa. Pero sumado a los golpes y  al misterioso detalle de la bolsa, me hizo pensar quese trataba de algo peligroso.


En suma, creí conveniente tomar cartas en el asunto. Nunca voy a olvidar el día en que se me vino a la mente la idea de entrar en la casa del individuo y descubrir con mis propios ojos qué es lo que estaba ocurriendo. “Estoy loco”, me dije. Pero mi instinto me decía que, más allá de la intromisión, hacía bien, pues podría descubrir de una vez por todas de qué se trataba el asunto. Incluso, me dije, puede haber un tinte ilegal en todo esto.


Lo cierto es que comencé a barajar la idea de qué posibilidades tenía de ingresar en la propiedad; cómo podría hacerlo.

Por el techo era bastante difícil, puesto que es mucho más alto que el mío. Ni con una escalera
llegaría a ascender a su terraza.


De más está decir que una “amistosa visita” no convencería al hombrecillo para dejarme ingresar a su casa. Creo que ya me tenía fichado el tipo.


Conclusión: tendría que meterme por alguna de las ventanas del frente, habiendo sorteado la puerta de reja del jardín.


Dentro de las curiosidades que llamaban mi atención era el hecho de que yo lo veía ingresar los jueves a medianoche, pero jamás podía descubrir cuándo salía de la casa, simplemente lo veía retornar al siguiente jueves.


Quise cerciorarme acerca de la seriedad del asunto, por lo que no entré a la casa esa semana. Esperé al jueves y lo vigilé desde el techo: llevaba una bolsa de consorcio goteando, como siempre, un líquido mas bien oscuro. Se ve que luego limpiaría la vereda, ya que a la mañana yo no encontraba mancha alguna. Eso hizo aumentar mi ira: ¡el maldito borraba las manchas! Es decir, concluí, tiene algo que esconder.


La semana siguiente sería escenario de mi aventura.


Ese jueves, con mi corazón palpitando descomunalmente, esperé la medianoche, momento en que el hombre llegaría. Lo observé desde mi techo mientras traspasaba la reja. Al escuchar el ruido de la otra puerta, comprendí que ya estaba dentro de la casa y emprendí la marcha. Bajé a la cocina, busqué un gran cuchillo y salí a la calle. Me paré frente a las rejas que separan la vereda del jardín de la casa y, mirando hacia ambos lados por si alguien venía, comencé a trepar la reja. A pesar de tener puntas arriba, fui bastante cuidadoso de no lastimarme y de pasar sin provocar ruido alguno. Caí en el pasto, y me encaminé hacia la puerta de entrada. Vanamente tanteé si estaba abierta, entonces probé con la ventana que hay a la izquierda. Tomé el vidrio desde abajo, observando cómo cedía hacia arriba. Cuando estuvo lo suficientemente abierto, no sin antes cerciorarme si se aproximaba el hombre, ingresé al interior de la casa. A mis espaldas cerré el vidrio.


Había desembocado en una habitación pequeña, oscura y con olor a encierro. Sentí los pasos del hombre como si estuviera caminando a lo largo de un pasillo. Después escuché el abrir y entrecerrar de una puerta, deduciendo que había ingresado en alguna pieza.


Tenía tanto temor como un conejillo en medio de un experimento, mas estaba dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias.


Me armé de valor y me dispuse salir de aquella habitación. Entreabrí apenas la puerta y coloqué el filo del cuchillo mirando hacia afuera. La hoja del cuchillo me permitió ver un pasillo largo, angosto y un tanto oscuro, iluminado apenas por la luz de una de las habitaciones que desembocan en él, ya que tenía la puerta entreabierta.


Decidí, entonces, abandonar el cuarto.


Una vez en el pasillo me encaminé hacia la habitación que emanaba aquel rumor de claridad, pensando que allí encontraría al tipo. En el camino comencé a escuchar los mismos golpes secos contra algún objeto que escuchaba desde mi casa.


Me asomé levemente por esa puerta y vi al sujeto: estaba golpeando con un machete el cuerpo ya mutilado y sin vida de una persona. Luego de cortarlo en trozos, los salaba y comenzaba a engullirlos con un placer nunca antes visto por mis ojos. El tipo se relamía con cada mordisco que daba a su víctima. El cadáver que estaba comiendo se hallaba acostado boca arriba en una mesa rectangular.


En toda la extensión de la habitación se ubicaban las bolsas de consorcio que yo mismo había visto cómo cargaba mientras entraba a la casa. De ellas se podía observar cómo sobresalían brazos, piernas y cabezas, intentando escapar del paquete que los contenía, como si anhelaran una sepultura digna por lo menos, en vez de hallarse sometidos sus cuerpos a un horrible destino de locura y gula desenfrenada.


El espectáculo era horrible. El hombre devoraba ferozmente los cuerpos que en sus manos caían.


Cada tanto volvía a realizar un corte con el machete, para mayor comodidad. “Desgraciado”, pensé. En ese mismo instante, luego de posar mi mirada sobre la víctima que estaba sobre la mesa (a decir verdad, lo que quedaba de ella), tuve una terrible visión. Por un momento mis ojos abandonaron la casa y pude observar, en lo que parecía ser una mansión, una trágica secuencia: el mismo hombre que devoraba mi vecino estaba asesinando a sangre fría a su esposa y sus hijos con un hacha. Los golpeaba sin remordimiento, peor que si estuviera tratando con bestias salvajes. Luego divisé cómo transportó los  cuerpos al enorme patio de la casa en una carretilla y, a continuación, los enterró.


Mi visión se interrumpió cuando mi vecino se abalanzó sobre mí y comenzó a golpearme salvajemente en todo el cuerpo. En ese momento reaccioné e intenté defenderme. Lo golpeé en la cara y cayó a mi lado. Mientras estaba tendido en el suelo, me valí del cuchillo que traía y se lo hinqué en el abdomen. Hice presión con el arma y luego la retiré de su cuerpo, a la vez que le continuaba pegando. Cuando prácticamente ya no respondía, le clavé la puñalada final a la altura de su corazón, dándole fin a su existencia.


Realmente me sentí conmovido en ese momento por la muerte del hombre. Luego lo comprendí: ese era mi destino. Es mi destino continuar su labor, convertirme todos los viernes por la mañana en un fantasma, visto por nadie, que vaga por todos lados, espiando los viles actos de asesinos, empleados públicos, violadores, pedófilos, charlatanes, traficantes, e impartir justicia.


Es mi destino conducirlos los jueves a medianoche, en las famosas bolsas de consorcio, a la casa, para tragarme su maldad y librar a la Humanidad de tamaños monstruos.


Por las manchas de sangre ya no me preocupo; los miserables no dejan huella alguna.

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