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El Consejo de Ancianos.over-blog.es

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Un espacio donde encontrarás poesía, imágenes, comentarios y algo más.


¿Entonces?

Publicado por Navaromix activado 19 Diciembre 2015, 15:18pm

Etiquetas: #cuentos

 
“La monotonía de la rutina se torna insoportable. En aquellos momentos en los que el ser no sabe quéhacer o se cansa de lo que hace todos los días se debe buscar algo que renueve el estilo de vida; de otra manera uno se vuelve loco”.
 
Así comenzaba el cuento Hernández, escritor que había pasado los treinta hacía tiempo, pero que aún no podía vivir de aquello que tanto le deleitaba: le Literatura.
 
Después de una vida tan dura y una lucha tan tenaz merecía un resultado mejor. Había abandonado la casa paterna a los 14 años, convencido de que su pasión era la escritura. Su padre, empecinado en que siguiera el negocio familiar le dio a elegir entre su voluntad o el destierro. Y así fue. No pasaron dos días de aquella disyuntiva, cuando ya había armado la mochila y, con los pocos ahorros que tenía, se lanzó al mundo, dispuesto a perseguir su más anhelado sueño.
 
Con frecuencia retornaban a su mente aquellos recuerdos. Le daba vueltas una y otra vez al asunto, escapándosele de cuando en cuando una lagrimita. De pronto soltó la lapicera y se dirigió a la ventana, para adosarle una manta encima, incrustada con un clavo. A mediados de julio el frío es alucinante, sobre todo si es de noche.
 
Eran las dos de la madrugada, pero se había dispuesto a comenzar un nuevo relato, con la ambición de poder venderlo a alguna editorial. Esa noche se sentía inspirado, y decidió crear la “obra maestra”. Así llamaba a sus creaciones cada vez que se embarcaba en una obra, pero lo cierto es que sus únicas cuatro novelas habían sido un fracaso El comienzo de esta obra no era casual: era como realmente se sentía, llevando una vida totalmente rutinaria y aburrida, sin ningún divertimento ni distracción de índole alguna.
 
Se sentía en una odisea contra una existencia absurda, una vida que le había dado la espalda siempre, que le había latigado sin tregua alguna. Después de adosar la manta a la ventana, rota a causa de un acto de vandalismo, se dispuso a continuar con el relato. Se prendió un cigarrillo y tomó la lapicera para retomar la actividad. Escribía y daba pitadas al cigarrillo alternadamente.
 
La habitación en la que estaba se hallaba totalmente oscura y sombría, iluminada únicamente por la luz de dos velas: se habían roto los cables de la luz hacía algunos meses. Este detalle, sumado a la pequeñez de esa ratonera, había contribuido a enloquecer un poco más al ya maniático escritor. A un costado, contra la pared, una mesita con dos trozos de pan y una botella empezada de soda; al otro costado, un mueble con algunos libros y manuscritos. Él se hallaba situado al medio, sentado en una mesita redonda.
 
A pesar de la manta colocada, comenzaba a ingresar el hiriente frío por la ventana rota que daba a la calle. Púsose un pulóver el escritor para disminuir el frío y se levantó un momento con el deseo de encontrar en la heladera alguna bebida que atenuara el frío, pero no encontró nada. Al cabo de unos minutos se sentía el más digno de los hombres de la Tierra de escribir las primeras líneas del cuento. Estaba realmente estupidizado en aquella habitación y el encierro no le permitía prácticamente respirar normalmente.
 
Aplastó el cigarrillo en el suelo y se puso el gabán, se ajustó la corbata que, aunque rota, no perdía su elegancia, y se encaminó hacia la puerta, no sin antes apagar las velas. Pretendía dar una caminata nocturna y quizás visitar algún bar de los que había en la Avenida. Salió y cerró la puerta; descendió las escaleras, pudiendo observar a ambos lados los demás departamentos-si es que llegaban a esa categoría; mas bien podrían ser considerados unos sucuchitos- y salió a la calle.
 
Hacía un rato que llovía torrencialmente. Hernández abrochó bien su abrigo y, debajo de un balcón, prendió un cigarrillo.
 
Iba caminando por la calle protegiendo al cigarrillo con ambas manos y teniendo cuidado, cada vez que fumaba, de que no se mojara. Las calles se encontraban llamativamente vacías, no tanto por la hora, sino por la incesante lluvia que cubría el cielo desde hacía, por lo menos, una hora.
 
Deambuló por el asfalto, esquivando o saltando los charcos, reflexionando sobre algunas cuestiones. Dio un giro en su caminata y entró en el bar “Tres Cielos”, en la Avenida, a unas cuadras de su casa. Saludó al dueño-conocido de algunos años- y pidió lo de siempre, un whisky.
 
Mientras lo tomaba observó al otro lado de la barra un hombre entrado en años, barbudo y pelo engominado, peinado hacia la derecha. Si bien había algunas otras personas en el negocio, esta persona le llamó la atención por algún motivo en particular que no lograba descifrar.
 
Lo miró durante un rato, dirigiendo la vista hacia otro lado cada vez que el hombre se daba cuenta. Transcurrieron así algunos minutos, en los que Hernández pidió algunos otros vasos de whisky. En un momento amagó a acercarse al hombre, pero volvió a sentarse en su lugar. Al rato, éste se sentó a su lado y pidió un vodka. Dirigió su mirada hacia el escritor, suspiró profundamente y le dijo:
- La monotonía de la rutina se torna insoportable,
¿no es cierto?
 
Hernández se quedó pasmado. Al rato preguntó:
-¿Perdón?
-Queda usted perdonado-sonrió-. Así lo pienso yo, yestoy segurísimo que también usted lo cree así-en ese momento tomó un sorbo de vodka.
-Aún no lo comprendo-dijo Hernández, todavía atónito.
-Buscar algo distinto, ¡sí!, algo renovador, porque se corre el riesgo de perder la cordura.
 
Transcurrieron algunos segundos en silencio, escuchándose sólo el sonido de la lluvia. Al fin el
escritor dijo:
-¿Quién es usted?
-Esa misma pregunta me la vengo haciendo yo desde hace varios años. Ni yo lo sé.
-Por favor, dígame la verdad.
-¿La verdad? La verdad...-se rió- La verdad es todo, pero no es nada. Pueden ser todas las versiones, o ninguna en realidad. Depende quién la vea. Bueno, así piensa el vulgo, pero le confiaré un secreto:-se acercó a Hernández y le habló al oído- la verdad es una sola cosa, una sola versión, una única causa de todas las consecuencias; en realidad, un solo artífice de todo lo que ocurre, pero que nadie sabe discernir  ni comprender. Cada criatura elabora su versión de la verdad, y la toma como la verdad absoluta. Pero no es así: son todos unos ilusos, que creen poder desentrañar los misterios de la verdad. ¡Mas no se puede!
-Ante eso, ¿qué se puede hacer?
En ese momento el viejo pagó la cuenta de ambos, se paró, sonrió y le frotó la cabeza al escritor.
-No dejes nunca de escribir-contestó, y se fue.
Hernández también sonrió.
Después de un rato, se retiró del bar. La noche aún era muy cerrada, y sin luna. Durante el camino
pensaba y pensaba; ¿quién era aquel hombre, qué le quiso decir? Tenía demasiadas incógnitas, pero de algo estaba seguro: debía terminar urgentemente su cuento.

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