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El Consejo de Ancianos.over-blog.es

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Un espacio donde encontrarás poesía, imágenes, comentarios y algo más.


La carambada.

Publicado por Navaromix activado 16 Noviembre 2015, 09:44am

Etiquetas: #historia

Leonarda Emilia Martínez había nacido en la hacienda de San Antonio del Pozo y era apenas una chiquilla cuando se quedó huérfana de padre. Su madre se las veía negras como viuda ignorante y llena de hijos y además queriendo mantener pretensiones de familia "decente", de modo que le pareció una oportunidad y una verdadera bendición cuando se enteró de una convocatoria que hacía el partido conservador, invitando a "santas señoritas de buenas familias" para ir a Europa a recibir entrenamiento para ser damas de compañía del entorno del emperador Maximiliano y de su esposa, la emperatriz Carlota. Leonarda Martínez, -otros dicen que realmente se apellidaba Medina- ya era entonces una bella y joven mujer y se las ingenió para ser incluida en el afortunado grupo.

Ya estaba de regreso en Veracruz cuando llegó la imperial pareja e incluso tuvo la suerte de que la hospedaran en la misma casa donde    se alojaban Sus Majestades antes de emprender su triunfal entrada ala ciudad de México. Leonarda estaba un día dándose un relajante baño de tina cuando Maximiliano entró "por error" al saloncito donde Leonarda se bañaba. Los ojos traviesos de Max se detuvieron sobre  la piel blanca y las dulces curvas del cuerpecito de Leonarda Emilia, mientras la muchacha, turbada y confusa, se cubría como mejor podía, intentando guardar la compostura ante la imprevista visita de "su emperador". Max, quien en materia sexual solía no ser remilgoso ni desperdiciar oportunidades, "requirió de amores" a Leonarda, pero la muchacha lo rechazó, respetuosa pero firmemente, diciéndole que su lealtad a la emperatriz como dama de su "entourage" le impedían tajantemente acceder a los deseos del emperador - o al menos éste fue el rumor que la chica se encargó de difundir entre el pequeño grupo cortesano, cosa que le permitió a Leonarda elevar su prestigio de dama decente y digna. Si durante los años siguientes, ya instalada la corte imperial en el castillo de Chapultepec, Leonarda calentó las sábanas -y otras cosas- en el lecho de Maximiliano, nunca lo supimos.

Pasaba el tiempo y el imperio no lograba asentarse. A pesar del decidido apoyo de los conservadores a Maximiliano, ese impertinente indio Benito Juárez no dejaba de ostentarse como presidente de la república y de recorrer todo el territorio de México, escabulléndose - quién sabe cómo- a las fuerzas imperiales, apoyadas, aunque cada vez menos efectivamente, por el emperador de Francia Napoleón III.

Entre esos militares -heroicos a los ojos de Leonarda- estaba un capitán del ejército monárquico de quien ella se había enamorado apasionadamente, José Joaquín Ortiz. La ilusionada mujer esperaba ansiosamente el fin de la guerra y con ella la prosperidad que el gobierno imperial inyectaría sin duda al país, sacándolo del marasmo económico y poniéndolo a la altura de las naciones de Europa.

 

Pero las cosas van mal para Maximiliano y a pesar de ponerse él mismo a la cabeza de sus tropas, o quizás por eso mismo, las fuerzas imperiales quedan acorraladas en Querétaro. Hay varias batallas y en una escaramuza los republicanos toman prisionero a José Joaquín y el coronel Benito Santos Zenea ordena fusilarlo sumariamente, pues era él -José Joaquín- el que encabezaba la fuerza que se opuso a los republicanos en el pueblo de Hércules. Aquello no fue sino el principio del final: cae preso el emperador mismo y se rumora que van a fusilarlo. La desolación en Palacio no podría ser más grande.

Varias mujeres de alcurnia -Concha Lombardo, esposa del general Miramón y la princesa de Salm Salm- viajan apresuradamente a San Luis para entrevistarse con Juárez, sumándose a más de doscientas mujeres, de todas las clases sociales, que pretenden ablandar al presidente para que perdone la vida a Maximiliano. Postrándose a los pies del indio oaxaqueño, la princesa de Salm Salm le pide que perdone la vida al vencido emperador. Juárez, caballeroso, le impide permanecer de rodillas, pero es inflexible y rechaza su angustiada petición.

 

El destino tiene que cumplirse. Maximiliano, Miramón y Mejía son fusilados en el Cerro de las Campanas el 19 de julio de 1867. El imperio ha terminado, y las damas del "entourage" tienen que salir corriendo, buscar el abrigo de sus familias y ocultarse. Leonarda decide cambiarse el nombre y regresar a su terruño del bajío, donde se le conoce ahora como Oliveria del Pozo. Siempre ha sido una mujer valiente y ahora el caos que se vive en el país la obliga a "crear sus propias oportunidades".

Celaya es un cruce de caminos; las diligencias que van a San Luis Potosí, las que vienen de la ciudad de México, unas llevan plata que viene del norte, otras las monedas acuñadas en la capital. Otras vienen de Querétaro, sacando el oro de la "casa de rentas". Siempre hay "soplones" dispuestos a informar cuando el cargamento vale la pena. Leonarda tiene amigos que conocen bien el terreno, de manera que organizarlos para asaltar las diligencias no le resulta difícil. No lo hace por codicia sino más bien por venganza, pues su odio hacia el coronel Zenea, ahora gobernador de Querétaro, y hacia el presidente Juárez es más grande que nunca y saber que al robar esos dineros está golpeando al gobierno le deja un agradable sentimiento en el pecho. Gran parte del dinero lo distribuye entre los pobres, cosa que la hace popular y le compra fidelidades.

 

Ella misma participa en los atracos, bien embozada con una capa y trapos que ocultan su identidad, pero a veces no se aguanta las ganas de hacerles saber a sus víctimas que es una mujer quien los ha vencido, así que antes de huir con el botín le gusta abrirse la ropas y enseñar sus senos de mujer, gritando: -¡Fíjense con quien perdieron, jijos de la re... tostada!

A veces, hace gala de ingenio, como cuando decide atacar una conducta (1Recua o carros que llevaban la moneda que se transportaba de una parte a otra, y especialmente la que se llevaba al gobierno ) que venía fuertemente custodiada. Leonarda manda poner sombreros y puros encendidos en todos los "órganos" a ambos lados del camino, esos cactus espinosos que crecen derechitos. Los custodios no se atreven a oponerse a Leonarda y a su puñado de 48 bandoleros, creyéndose superados fuertemente en número. Ya no la conocen por su nombre, sino por el apodo de "la Carambada", una palabra inventada para decir "¡es como el carambas!, ¡es como el demonio!"

Leonarda tiene habilidad para moverse en varios círculos, como jefa de una banda de asaltantes, donde se le respeta e incluso se le teme como al más rudo de los hombres, pero también en los saraos de sociedad, donde se conduce como la más educada de las damas.

 

Pronto se ve invitada a reuniones a donde asisten personajes y políticos importantes, como Guillermo Prieto y Sebastián Lerdo de Tejada, quien la cuenta entre sus amistades.

Don Sebastián es colaborador del presidente Juárez y se dice su amigo, pero recién ha sido su contrincante en las elecciones, donde ganó Juárez y perdió Lerdo. Ahora don Sebastián es presidente de la Suprema Corte.

Es ya el año de 1872 y una noche asiste a una recepción a donde acude el presidente Juárez y Leonarda se acerca a Lerdo de Tejada para, a su vez, estar cerca del presidente. En un momento en que don Benito deja su copa sobre una mesita, Leonarda aprovecha para verter discretamente en la bebida unas gotas de un frasquito que lleva oculto convenientemente. Es la "veintiunilla", un misterioso concentrado de una yerba tóxica que tiene la característica de no actuar de inmediato, sino ejercer un efecto retardado a los 21 días, descomponiendo el sistema central y causando algo semejante a una embolia o a un infarto.

 

La Carambada regresa a Querétaro y se propone ahora matar al gobernador Zenea y tiene el atrevimiento de publicar clandestinamente un "bando" ofreciendo cien pesos de oro a quien le traiga “las berijas" es decir, las partes nobles de su enemigo, el coronel Zenea.

Mientras tanto, en la ciudad de México, el presidente Juárez seguía llevando en doloroso silencio el duelo por la muerte de su esposa Margarita, que había fallecido en enero de 1871, dejando a don Benito tremendamente afectado.

Juárez vivía en un  departamento que había sido acondicionado en un entresuelo del propio Palacio Nacional y lo compartía con sus hijos solteros, Soledad, María de Jesús, Josefa y Benito, además de Manuela y su esposo, Pedro Santacilia, que trabajaba como secretario del presidente, su suegro.

 

 El 17 de julio don Benito comienza a sentirse mal desde la mañana, al grado de posponer algún compromiso para el día siguiente. Por la tarde, como a eso de las seis, Juárez sale en el carruaje que suele usar para dar un paseo con algunos de sus hijos, pero al regresar, no quiso ya ir al teatro con Manuela, como se lo había prometido y le pide a Pedro, su yerno, que él la acompañe.

Durante la noche siguió con náuseas y por la mañana decide ordenar don Benito que venga a verlo su médico, el Dr Ignacio Alvarado. En presencia del médico siente un calambre dolorosísimo en el pecho que le obliga a dejarse caer sobre la cama. El Dr Alvarado diagnostica “angina de pecho” y aplica el torpe remedio que prescribe la medicina de la época: verter agua hirviendo sobre el pecho del paciente para hacerlo reaccionar, y lo logra. Juárez es impasible, pues a pesar de los fuertes dolores no deja escapar ni un grito ni un quejido. Se acuesta a descansar unas horas pero le avisan que el ministro de Relaciones Exteriores, José María Lafragua, insiste en verlo con un asunto urgente. Juárez se pone pantalones y se arropa con una capa, para recibir, sentado en un sillón, a su ministro.

 

En cuanto puede, se vuelve a acostar y como el dolor no cede, el Dr Alvarado, desesperado, decide aplicar de nuevo el salvaje tratamiento del agua hirviendo sobre el pecho. Don Benito se somete sin protestar, con la piel enrojecida y ampulada por la bárbara quemada. Parece reaccionar y platica un poco, incluso recibe a otro funcionario que solicita audiencia, el general Alatorre, pero en cuanto puede se vuelve a acostar. El Dr Alvarado hace venir a los doctores Gabino Barreda y Rafael Lucio, las mayores eminencias médicas que posee el país, pero ambos se dan cuenta de que no pueden hacer nada. Juárez se oprime el pecho en silencio para aliviar un poco el intenso dolor. El pulso es ya muy débil y el presidente se acomoda sobre su lado izquierdo, para ya no levantarse nunca más.

 Muere como a las 11,30 de la noche del 18 de julio. Tenía 66 años. Sebastián Lerdo de Tejada, en su papel de presidente de la Suprema Corte, sustituye a Juárez en la presidencia de la república.

¿Y qué fue de Leonarda, la Carambada? Los hechos no son claros y se dicen muchas cosas; chismes, rumores. Hay quien asegura que, muerto el gobernador de Querétaro, Zenea, su sucesor infiltra un informante en la banda de la Carambada y les preparan una emboscada para capturarla cerca de la hacienda de la Capilla, sobre el camino de Celaya. Como es un personaje con arraigo popular, las autoridades temen que la gente pueda amotinarse, por lo que prefieren aplicarle la “ley fuga”. Ella huye, le disparan y, dándola por muerta, llevan el cadáver al convento de las monjas capuchinas.

Sucede que no está muerta, y aunque malherida, revive y pide un sacerdote para su confesión. Allí es donde, para descargar su alma, cuenta toda su historia antes de morir.

 

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